Por Lucas Martín Di Marco. U n viaje de trabajo y otras yerbas me llevo desde mi tierra, en el centro de la República Argentina, hacia el Sureste mexicano. Pero como compré una oferta, la bendita empresa (una trasandina, propiedad hasta hace poco de un presidente chileno, recientemente fusionada con una firma brasileña, y con demasiada publicidad para lo que es su servicio), me vendió el pasaje con un día de estadía obligada en Lima, Perú. Yo revisé el itinerario casi por casualidad y allí lo descubrí, de nada valieron mis reclamos telefónicos o por mail ante la empresa o Defensa del Consumidor, no leí la letra pequeña y me “Lanzaron”, al vacío. Acomodándome a lo inesperado (y sin tiempo de protestar ni renegociar nada), preparé la estancia en el Callao, puerto histórico del Perú, a donde había ido en 2008 acompañado de amigos limeños que en esta ocasión no podían recibirme ni orientarme. Supuestamente me recibirían con un cartel para llevarme al hostel, que en las fotos de la web se veía bastante lindo. Pero bajé del avión y nadie esperaba por mí. Con dos bolsos cargados de vinos y regalos, no podía moverme más que unos pasos y me dejé asaltar por un taxista de turno que me cobró (luego lo supe), nueve veces el valor del viaje de 15 cuadras a mi destino. Sobreponiéndome a la circunstancia me di una ducha ligera y pregunté en recepción cómo comprar un Pisco ("la" bebida peruana aunque otros la hayan patentado, al igual que el “Suspiro limeño”, el “charango boliviano” y demás ultrajes a países vecinos), dónde comer un Ceviche o una Jalea de Mariscos, y cómo llegar a La Punta, la parte más bonita y turística que recordaba de Lima (salvedad hecha de Miraflores, que me quedaba muy lejos). Ya montado en un taxi, que me dejo en destino, recordé las palabras del chofer cuando al pasar por la Avenida Bolognesi me decía “esta es la parte más linda de ver y fotografiar, lástima que no se ve nada porque está tapada de carteles…es que en octubre tenemos elecciones”.
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