|
Por Paola Suárez Urtubey (La Nación) Debió luchar duramente Tchaikovsky para hacerse un nombre como operista dentro de Rusia, donde sus creaciones líricas debía n competir con cumbres tan empinadas como Boris Godunov de Mussorgski, El príncipe Igor de Borodin o los celebrados títulos de Rimski-Korsakov. Pero Tchaikovsky, gran sinfonista y autor de exitosos ballets, tenía la absoluta convicción de que el teatro lírico estaba hecho para él, sobre todo si se afirmaba en la poesía y la dramaturgia de los mejores literatos de su patria. Así se aproximó a Ostrovski, el creador del teatro costumbrista ruso, y luego al realismo y la sátira de Gogol. Pero fue el contacto con la obra de Pushkin, venerado en su patria como el más grande poeta ruso, lo que le permitió lograr su primera obra maestra con Eugenio Oneguin , tan próximo a ese realismo que el músico absorbía con sus desbordes líricos y un sinfonismo plástico y sensual. Era el alma de su patria lo que buscaba expresar tratando los temas del folklore campesino o las melodías tradicionales religiosas de una manera muy particular, al teñirlas con su propia personalidad. Por eso Tchaikovsky pudo escapar a un nacionalismo pintoresco, para ascender a un plano supranacional, donde sólo vale lo universalmente humano.
***
Tan lejos de Rusia y de su tiempo, Eugenio Oneguin sigue deslumbrando en este siglo XXI, como acaba de ocurrir en la ciudad de Córdoba, en el Teatro del Libertador (ex Rivera Indarte, ¡de 1891!) con una versión, según mi informante, Horacio Sanguinetti, de gran categoría. Hadrian Avila Arzuza, que se formó precisamente en San Petersburgo, fue el director de orquesta, mientras ejerció la dirección del Coro Oscar Gálvez Vidal. La puesta, calificada como "ingeniosa", fue de Alejandro Cervera, la escenografía de Santiago Pérez y el vestuario ("variado y lujoso", a su juicio) de Pilar Belmonte. Y luego el reparto inicial, con Graciela de Gyldenfeldt (al parecer de fuerte atractivo por su voz y actuación), Gloria Sopeña (Filipievna) y Cecilia Díaz (Olga), junto al Lenski de Gerardo Martínez y al protagonista Vladislav Sulimsky.
Hace unos días nuestro colega Pablo Kohan daba cuenta de una Aí da en el curso del Septiembre Musical Tucumano, acontecimiento para la ciudad que tuvo la suerte de contar con una atractiva difusión. Los cordobeses lamentan, sin embargo, que semejante esfuerzo (4 funciones) que provocó una enorme demanda y cálido entusiasmo entre su público, no haya encontrado repercusión ni siquiera en su propio ámbito, donde el más importante diario de la provincia sólo dedicó a Eugenio Oneguin un prolijo detalle de fechas, intérpretes y precio de localidades. ¡Demasiado poco! ¡Así no se estimula semejantes esfuerzos..! Además, la belleza debe ser expresada con vehemencia y generosidad, para que nos llegue a muchos?
Fuente: La Nación |