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Por Mabel Guerra García* Camagüey, Cuba (PL) Raíles que permanecieron bajo el asfalto cientos de años resucitaron en un antiguo y emblemático trayecto del corazón de Camagüey, como si quisieran imponerse de nuevo en el paisaje de esta añosa villa cubana.
Las potentes vigas, contrastadas en partes por el paso del tiempo, brotaron a la luz aquí, en una populosa intersección que mira desde el norte a la remota calle de los Mercaderes, también reconocida como calle del Comercio o Maceo, este último nombre oficializado en 1899 por sugerencia de sus entonces vecinos y propietarios.
Maceo, uno de los nodos de mayor antigüedad en esta oriental urbe cubana, se ha distinguido siempre por su elevada popularidad dentro del laberíntico entramado de calles y callejones, plazas, plazuelas y plazoletas que integran y definen su Centro Histórico Urbano, declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad en el 2008.
En la populosa vía se impuso el carácter comercial de los mercaderes que arribaron a la otrora villa de Santa María del Puerto del Príncipe -hoy Camagüey- entre finales del siglo XVII e inicios del XVIII, quienes con sus vivencias cotidianas conjuntas le dieron a esta una jerarquía y autenticidad cultural, enriquecidas con el devenir de los años.
Fue su uso precisamente el que la reconoció desde los primeros instantes como Calle de los Mercaderes.
Posteriormente adquirió el calificativo de Calle del Comercio, cuando los ilustrados decidieron registrar en documentos lo que la cotidianidad había ya legitimado, mote aún difundido entre los habitantes de esta región hasta nuestros días.
Maceo llegó a ser el paseo más ameno de la ciudad de Camagüey en los años treintas del siglo XIX, signado por la espiritualidad de sus diversos comercios y establecimientos, muchos de los cuales conservan en nuestros días sus nombres originales como El Globo, El Encanto, La Principal y La Oriental, entre muchos otros.
También de la presencia de las apaisadas casonas principeñas, edificadas de acuerdo a las posibilidades de sus dueños primitivos, pero siempre bajo el patrón de macizos muros, grandes ventanas y anchas fachadas, y en cuyos corredores encontraron los nacientes vendedores de la villa sitios propicios para expender productos de todo tipo.
Ahora, como si esperaran por los tranvías que durante 44 años, a partir de 1908, circularon por ese céntrico y adoquinado eje, los raíles devueltos se integran simbólicamente a su apariencia vigente, tras un proyecto de remodelación, rectorado por la Oficina del Historiador de la Ciudad de Camagüey (OHCC).
Inéditas en los últimos 50 años allí, las labores constructivas le impregnaron nuevos horizontes culturales a Maceo, pero respetando y conservando para camagüeyanos y foráneos la vieja imagen y el brío comercial de tan pintoresca ruta.
La OHCC reintegró a los citadinos un paseo peatonal con una fisonomía más moderna, más apegada a la tradición y las características de la metrópoli, pero acorde con sus rasgos distintivos de calle estrecha, sitiada de edificios sin portalones en un conjunto ecléctico único, motivo de admiración para los peatones en ese lugar.
Existen referencias de que en la década de los cincuentas, la Asociación de Comerciantes de esa calle reunió su capital y emprendió la remodelación de esta y la aledaña Plazoleta de Paula, convirtiéndola en la más importante y lujosa arteria comercial del país, aparte de San Rafael, en La Habana.
Actualmente, Maceo se suma a los rostros patrimoniales más vistosos y animados del emporio que anda hacia sus 500 años de fundado, luciendo en su nueva imagen un fino piso de granito, en el que dibujos en forma de olas de colores negro, gris y blanco que le fueron trazados, "bañan" el paso de los cientos de transeúntes que a diario lo visitan.
La marcha de las personas de uno u otro establecimiento situado en la travesía, o sencillamente de quienes la andan, es recreada además con los tres objetos artísticos emplazados en el suelo, inspirados en el prócer de las guerras de independencia, Ignacio Agramonte, las iglesias, y los tinajones, todos símbolos de esta villa cubana.
El cúmulo de ofertas gastronómicas, comerciales, turísticas y artísticas se extiende a las sugestivas limítrofes plazas del Gallo y Maceo, entornos que embellecen mucho más el tramo, orgullo de esta legendaria ciudad desde siglos pasados.
En la primera de ellas reabrió, como parte del proyecto, el hostal El camino de hierro, un atractivo destino turístico aquí, que ya causa sensación a habitantes y turistas nacionales y extranjeros al lucir el más extenso balcón corrido, exterior, saliente y techado en Camagüey, con 45 metros de longitud.
La planta baja del edificio donde está ubicada la naciente hostería data del siglo XVIII y la superior del XIX. Explotada por la cadena Islazul del turismo nacional, la institución hotelera es exponente de una nueva modalidad del turismo de ciudad en Cuba.
Mientras que, en su vecina Plaza Maceo, se restaura totalmente la emblemática tienda de productos industriales La Gran Antilla, edificación donde en el siglo XIX estuvo uno de los más elegantes palacetes de esta ciudad cubana, que -se comenta- devendrá palacio de la música aquí.
Haciendo gala de belleza y legitimidad cultural, nuevos espacios penetraron en el viejo, pero siempre vistoso paseo. Más de 40 unidades dedicadas a diversas ramas del comercio, el Coppelia de la ciudad, el Gran Hotel, y otras opciones para la lectura y el recreo, calan a la emblemática calle un sello y donaire particular en tiempos modernos.
La vía del Comercio o Maceo, ampliamente difundida y magnificada en las costumbres y la sapiencia lugareña, sigue siendo hoy un interesante y concurrido lugar, que invita a las nuevas generaciones a repasar la historia y asomarse al modo de vida de pasadas centurias, en tan simbólica calle del legendario Camagüey.
Mirar al pasado de Maceo
Castellanos, asturianos y catalanes tomaron como suya esta calle para sus comercios ya desde el siglo XVIII.
Sus negocios en los dos trechos que encierra la travesía fueron los que la reconocieron primeramente como Calle de los Mercaderes, resistiéndose al nombre original del eje al que ambos pertenecían, llamado San Pablo.
Mercaderes enlazó así dos importantes nodos de la villa: por el norte, la Plaza de la Soledad, cuya connotación simbólica se legitimó a partir de 1701, cuando la pequeña ermita de Nuestra Señora de la Soledad se erigió en segunda parroquial de Camagüey, donde las iglesias resaltan sobremanera en la estructuración urbana.
Precisamente, por su numerosa presencia, diferente de otras urbes cubanas y del resto del Nuevo Continente, se conoce en la isla caribeña con el patronímico de "ciudad de las iglesias".
Y por el suroeste, con la Plazuela de San Francisco de Paula, en cuya inmediatez estuvo la sede de la Casa Consistorial, hasta 1730.
La calle Mercaderes, luego registrada como del Comercio, se caracterizó por el expendio de productos en pulperías, bazar de bebidas, comestibles, mercerías y otras muchas variedades.
A finales del siglo XIX la dinámica comercial en Mercaderes era tal que 24 de sus edificaciones acogían 63 establecimientos de diferentes ramos: barberías, talabarterías, sastrerías, lencerías, sederías y bordados, tiendas de ropa, almacenes de víveres, platería y relojería, armería, zapatería, sombrererías y confiterías que anunciaban a comerciantes, sociedades y compañías.
Los principeños y forasteros no solo acudían a comprar pescado frito de la mar, cera blanca, cidra y cerveza superior, aceites de oloe, fuentes y platos de todos los tamaños, juego de café fino y de media china, jarros de todos tamaños, fósforos particularesâ�� sino también para disfrutar de la exhibición de lujosos muebles, lozas, y cristalería.
También adquirían bellos cuadros de historia y paisajes y espejos de diferentes dimensiones y marcos de caoba.
Aquí se instalaron tiendas como El Telégrafo, una de las más antiguas sederías de la ciudad; El Gallo, especializada en ropa masculina, y la Casa Inclán, que vendía ropa de mujer.
El Encanto se abrió en este tramo, la más importante y elegante tienda por departamentos de interior del país en ese entonces.
Esta fue la calle del primer edificio alto en la ciudad, con la construcción del hotel Refrigerador, hoy Gran Hotel.
Se distinguió como un espacio de concurrencia de personas de diversas posiciones sociales, económicas y étnicas entre proveedores y vendedores, señores que iban acompañados de sus esclavos domésticos y algunos negros libres, lo que daba a la arteria carácter de paseo urbano.
Por su estrechez y curvatura, resultaba de un pintoresquismo propio de las ciudades del sur de España, refieren investigadores.
Los comerciantes, con el fin de atrapar a sus clientes, hicieron de cada establecimiento un sitio para el disfrute y el placer, justificado en la Gaceta de Puerto Príncipe, el 10 de noviembre de 1840, cuando publicó: "el más ameno paseo nocturno que tenemos".
En medio de los establecimientos comerciales reunidos allí, vivieron ilustres personajes del Puerto del Príncipe como el teniente don Jaime Canes, el presbítero don Antonio Aguilar, el licenciado don Jacinto Guerra y respetables funcionarios del Ayuntamiento como el regidor capitán don Alonso Serrano.
Cifras que corresponden al siglo XIX muestran ya el sustancioso cambio social que se manifestaba en la villa entre comerciantes y hacendados, como expresión de esa oleada de inmigrantes llegados aquí desde varias regiones de España.
En 1849, por ejemplo, se reportaban un total de 14 mil 618 inmigrantes, entre ellos 868 canarios y 441 catalanes, ambos importantes potenciales para el desarrollo comercial en esta región, en particular los últimos, que eran signo de modernidad y progreso para la tradicional España.
La ciudad tenía un activo comercio con ciudades del Caribe y América como Veracruz, Yucatán, Portobelo, Cartagena de Indias, Isla Margarita, Jamaica, Puerto Rico, La Española y La Florida.
Además, intercambiaba con las villas cubanas de Santiago de Cuba, Bayamo, Sancti Spíritus, Baracoa y La Habana, entre otros lugares, todas importadoras de productos de Camagüey y, a su vez, receptoras de mercancías exportadas desde aquí.
Transcurrida la primera década del siglo XX, el tradicional comercio español comenzó a ser sustituido por la influencia del norte, abriéndose horizontes de vidrieras, luces profusas, anuncios llamativos y tiendas de precios excitantes como el Ten Cent, en esta calle.
Nombrada ya Maceo, fue favorecida además con las obras del tranvía, una complicada red eléctrica y la incipiente telefonía.
El nuevo nombre obedeció a la renovación en toda la isla en los nombres de los espacios urbanos, finalizada la Guerra de Independencia de 1895, cuya fuente fueron las grandes figuras de esta primera gesta en el 1868.
La heladería Coppelia establecida en esta calle en los primeros años de la Revolución cubana (1959), acentuó el paseo en su nocturnidad y ratificó su vitalidad, preservada en el período de crisis de los noventas, conocido como Período Especial, por las nuevas modalidades de economía introducidas en la actividad comercial del país.
Su rica vivencialidad rebasa los términos de bulevar o calle peatonal que parecen imponerse hoy en la memoria colectiva de los habitantes de esta ciudad, quienes siguen asistiendo, como de costumbre, al diálogo con su antiguo y pintoresco paseo.
* Corresponsal de Prensa Latina en la ciudad de Camagüey. |